Capítulo 1

Mientras escribía este capítulo, pensaba en las tantas veces que idealizamos a la persona que queremos encontrar, como tiene que ser, la situación en la que se tiene que dar y como todo eso no hace más que alejarnos de lo real, lo que está disponible ahí para nosotros y muchas veces no llegamos a ver.


Por aquel entonces, había dejado hace tiempo de esperar y de buscar, aunque las recomendaciones estaban a la orden del día: “Tenes que salir más, si no salís, como vas a conocer a alguien” o la clásica “¿Por qué no probás con Tinder?”.


Yo había encontrado un placer de otro mundo en llegar a casa los viernes, sacarme los zapatos, prender un sahumerio, pedirme comida y tirarme en el sillón a ver una serie. Claro que ese estado no sucedió mágicamente de un día para el otro, fue producto de mucho trabajo interno, pero siempre tuve la convicción de que uno atrae lo semejante (aplica para personas, energía, etc., etc.) entonces si yo no podía disfrutar de mí misma y mis espacios, ¿cómo iba a poder disfrutar con otro? o lo que es peor aún, ¿cómo otro iba a poder disfrutar conmigo?


Por supuesto que había momentos en que creía ver “potencial” donde no lo había y entonces volvía corriendo al helado de menta y Netflix, pero hacía tiempo estaba embarcada en “habitar” mi espacio, mi realidad, mi presente, aunque eso no incluya un príncipe azul.


En Abril de 2017, para Semana Santa, me invitaron a Brasil para festejar el cumpleaños de unos amigos y dije ¿Por qué no?. En un abrir y cerrar de ojos, estaba subida al avión, camino a San Pablo.


Los días fueron pasando entre feijoada, caipiriña y un alisado que prometía terminar con el frizz de por vida.


Uno de esos días, me llega un WhatsApp de mi amigo Ale, después de una breve actualización, sin anestesia desliza un “tengo alguien para presentarte, ¿seguís sola?. La habilidad que había desarrollado con el tiempo para cuidar mi espacio y disfrutar de la soltería, hicieron que rápidamente y sin pensarlo demasiado le contestara: “si, pero no quiero conocer a nadie”. Haciendo caso omiso, desplegó un cuasi curriculum resumido: “Es amigo mío, 36 años, Argentino pero ahora está viviendo en NY haciendo un MBA”. Recuerdo que automáticamente cruzó por mi cabeza un pensamiento: “Buenos Aires- New york no hay chances”. Sumado al factor distancia, nunca me gustaron las presentaciones o citas a ciegas.


Yo estaba convencida (negada…) de que no era la forma de conocer a alguien. Sin embargo, esta vez, a diferencia de todas las demás, sentí la necesidad de ir más allá, entonces, con todo el miedo del mundo le dije a Ale: “A ver, pásame una foto del sujeto en cuestión”.


La mala conexión a internet hizo que recién en el aeropuerto me entraran nuevamente los msj de WhatsApp. Había uno de Ale que decía: “¿y? le puedo pasar tu teléfono? . El envión de haber pasado 4 días riéndome, me dieron coraje para poner un tímido “bueno dale”. Apagué el celu, subí al avión que me llevaría de vuelta a la rutina en Buenos Aires y me olvide del mundo por 2 horas.


Sin saberlo, esa pequeña decisión que en ese momento implicaba para mí salir de la zona de confort, cambiaría mi vida completamente.


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