• Por Flor Vazquez

Capítulo 3

Martes 7 am abrí los ojos y lo primero que hice fue girar hacia la mesa de luz en búsqueda del celular. La pantalla mostraba un nuevo mensaje de WhatsApp que decía “Buenos días señorita” y automáticamente creí que todavía estaba soñando. Demasiado bueno para ser cierto pensaba, ¿por qué será que a veces nos cuesta tanto creer que algo bueno pueda pasarnos?.


Un estado de “alerta” compartía conmigo el desayuno de esa mañana, como si la burbuja en la cual había estado viviendo el último tiempo estuviese peligrando. El mensaje de “buenos días” se transformó de repente en una amenaza, una demanda a responder, en algo de lo cual quizás después no iba a poder “salirme”. Era todo tan perfecto que por momentos sentía miedo a que se termine, no funcione y todas esas cosas que nos contamos cuando nos da miedo involucrarnos y apostar de nuevo. Sin embargo, el hecho de que nos separara una pantalla a miles de kms eran suficientes para mantenerme “a salvo” y en un intento por recuperar la calma me dije “es un mensaje de buenos días Florencia” y le respondí un tímido “buen día para vos también”.


Comenzaba a gestarse una dinámica donde nos acompañábamos en el minuto a minuto y cuando digo minuto a minuto lo digo literal. Desayunaba hablando con él, almorzaba hablando con él y cenaba hablando con él. Poco a poco, iba dejando de estar a la defensiva, armada a capa y espada defendiendo “mi independencia” para estar abierta, al menos desde la curiosidad, a ver de qué se trataba todo esto. Tal es así que al día siguiente, fui yo la que me encontré sorprendida enviándole unos “buenos días”.


Sentía admiración no sólo por su manera de atravesar los obstáculos, sino por su perseverancia para alcanzar objetivos, aun cuando todo alrededor se derrumba, y cuando digo todo, es todo.


Mitad de semana y nuestro reciente historial de chat ya tenía un ringtone diferente a los demás gracias al cual antes de leer un mensaje suyo comenzaba a emocionarme por anticipado. Todavía ninguno de los dos había enviado un audio de voz, solo nos escribíamos y ese era un condimento más que hacia todo diferente, el tomarse el tiempo para escribirnos.


Lejos del “nos estamos conociendo” o el “vamos viendo que pasa” él era diferente, no iba con vueltas. Admiraba la claridad y soltura con la que planteaba lo que quería, pasábamos de hablar del clima a proyectos futuros en cuestión de segundos.


Trascurrieron un par de días y los mensajes de WhatsApp seguían siendo nuestro medio de comunicación preferido. Lejos había quedado la invitación a tomar un café. Nos reíamos porque sabíamos perfectamente que habíamos conectado, pero éramos conscientes de que faltaba la prueba más importante, conocerse personalmente, sin embargo, eso no nos impedía disfrutar de hacer planes, hablar de su mudanza a Londres post vacaciones en Buenos Aires y también jugábamos a imaginar una vida juntos ahí. Era eso, un juego que nos permitíamos los dos, aunque ambos sabíamos en el fondo, que llegaría el momento de tomar una decisión.


Llegó mayo y después de casi quince días hablando sin parar, él era parte de mi vida. Una parte muy importante. Ya habíamos incorporado el mensaje de voz y las llamadas de WhatsApp. Nos conocíamos todo lo mejor que puede uno conocerse a la distancia, pero sin reparos. Habíamos atravesado airosos los primeros “malentendidos” donde empezamos a necesitar algo que nunca habíamos experimentado juntos, un abrazo, en contacto físico.


Si bien no era necesario poner títulos, un “¿queres ser mi novia?” me colocó, respuesta afirmativa mediante, en otra categoría. Literalmente, no sabía dónde estaba parada, sin embargo, algo de todo eso me hacía bien, “estas más alegre”, “cuando mirás el teléfono te sonreís mucho vos, ¿en qué andas?” eran algunas de las cosas que me decían mis amigas y compañeras de trabajo sin ni siquiera imaginar lo que estaba viviendo. Quería contarles, pero todavía no era el momento, aunque imaginaba sus caras cuando les dijera “Me puse de novia por WhatsApp con alguien que vive a 13.000 km de distancia y que todavía no conozco personalmente”.


Finalmente había entendido el significado de la frase “si realmente quieres algo, encontrarás la manera, sino encontrarás la excusa”. Y ahí estábamos nosotros, hablando de “cuando vengas a Buenos Aires”, “cuando te visite en Londres” sin habernos conocido personalmente. Pero era real, tan real como posible. Era eso por sobre todas las cosas, un amor posible.


En medio de los miles de mensajes que nos mandábamos, una tardecita de mayo me llega uno que decía: “El 7 de junio llego a Buenos Aires, ya saqué pasaje”.


Seguí leyendo el capítulo 4 acá.

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