Capítulo 4

Todavía me acuerdo lo que sentí el momento exacto en que leí ese mensaje “El 7 de junio llego a Buenos Aires, ya saqué pasaje”. No era una, sino una mezcla de emociones las que me habitaban, porque una cosa era hablar de conocernos personalmente y otra muy diferente es que ese momento ya tuviera día, hora y lugar.


Haciendo uso de la impulsividad que me caracteriza a veces, le respondí confiada: “yo te voy a buscar” sin siquiera preguntar a qué hora llegaba o donde. Unos minutos más tarde, esos detalles me fueron revelados: “llego a las 3 de la mañana al aeropuerto de Ezeiza”. Pero mi oferta siguió en pie, yo no quería perderme por nada del mundo ser la protagonista de una película romántica que ya había empezado a rodar en mi cabeza. La escena del aeropuerto, yo corriendo a sus brazos ya tenía hasta la banda sonora.


Durante su estadía en Argentina por los próximos tres meses, teníamos el gran desafío de “recuperar el tiempo perdido”, ¿tiempo perdido? ¿si recién nos conocíamos?, pero nosotros sentíamos que hacía mucho tiempo estábamos buscándonos. Cuando yo lamentaba no haberlo conocido antes, él me consolaba diciendo que por suerte sucedió. Y era cierto, ahí estábamos en nuestra burbuja empapelada de mensajes que iban y venían, a veces los chats iban acompañados no solo de palabras sino también de canciones y entonces “Me haces bien” de Jorge Drexler musicalizaba mis viajes a la oficina. Ya teníamos toda una serie de recursos para acortar la distancia. Una distancia que tenía los días contados, al menos, por tres meses.


Con una fecha inminente de arribo a la Argentina, había llegado el momento de contarle a mis amigas/os. Confieso que después de repetir la historia algunas veces, ya me divertía empezar por el final: “estoy de novia por chat con alguien que todavía no conozco personalmente”. La situación era graciosa, no por lo atípica, dado que en la actualidad es probable que suceda, sino porque hasta ese momento, no era una forma en que yo me hubiese animado a conocer a alguien y eso justamente es lo que lo hacía tan interesante. Hoy, a la luz de esta historia que les cuento, me pregunto ¿Cuántas veces nos quedaos con las ganas de hacer algo, simplemente por el hecho de que creemos, “no va” con nosotros? ¿Cuántas veces nos quedamos con la intriga de “qué hubiera pasado si”? ¿Cuántas veces actuamos tratando de “encajar” en un molde, imagen o reputación que creemos nos define?.


Las conversaciones en WhatsApp se habían multiplicado ahora con amigos/as que seguían el minuto a minuto de la historia, pero particularmente había un trending topic: el encuentro.


Llegó el martes 6 y mi ansiedad estaba por las nubes. Hacía días no podía dormir pensando en cómo se daría todo, si nos llevaríamos tan bien como a la distancia, como sería poder abrazarlo finalmente y todas esas cosas que habíamos imaginado por casi dos meses que estuvimos conociéndonos por chat. Era “EL” día, todos los preparativos tenían que entrar en las escasas 24 horas que tenía antes de que llegue y esto incluía un check list cuidadosamente diseñado con la colaboración de amigas/os.


Pasado el mediodía me llega un mensaje suyo: “Abordando, ya estoy camino a la Argentina” y con esas pocas palabras corroboré que no era un sueño, en pocas horas nos íbamos a conocer personalmente. “Te veo en un rato” le respondí casi sin poder respirar.


El día en la oficina se hizo eterno y cuando finalmente llegaron las 18 hs, salí corriendo. Subí al colectivo que me llevaría de regreso a casa, tenía una hora para relajarme, me puse los auriculares y deje que “The Moon Song” musicalizara mi vuelta a casa. Era una canción que él me había enviado en uno de los tantos momentos donde la distancia pesaba y los kilómetros parecían multiplicarse. Pertenece a la película “Her” con la cual sin dudas nos sentíamos algo identificados.


Intenté dormir unas horas, pero fue imposible. A la 1 de la mañana, el sonido del portero me indicó que el remis estaba esperándome abajo y en menos de cinco minutos, estábamos ya camino al Aeropuerto de Ezeiza. Mi ansiedad era tal que una simple pregunta del señor que conducía me dio pie para empezar a hablar…y no parar. Empezamos con cosas triviales como el tráfico hasta que me preguntó:


- “¿Te vas de viaje?”


- “No, voy a buscar a mi….novio que viene de viaje” (¿novio?, que raro sonaba decirlo) - le respondí.


- “Viene de NY, se queda tres meses- seguí yo (Claramente estaba muy nerviosa y el pobre señor pagó por todas las veces que me había subido a un taxi sin ganas de conversar)


El señor escuchaba atento y cada tanto, miraba por el espejo retrovisor como indicando que continuara. Y yo continué..


- “En realidad ésta va a ser la primera vez que nos veamos personalmente”


El señor, volvió la mirada sobre el espejo retrovisor y algo confundido me dijo:


- “Querrás decir que no se ven hace mucho …”


- “No, no –empecé a explicarle- Sucede que nos conocimos por un amigo en común, él vive en New York y yo acá así que empezamos a conocernos por chat y nos pusimos de novios. Ahora él viene a la Argentina de vacaciones y vamos a conocernos personalmente”


El señor solo atinó a decir “Ah…” y quedó mudo el resto del viaje.


A la 1:45 de la mañana, ya estábamos ingresando al estacionamiento del aeropuerto. Por suerte el viaje fue rápido y tenía tiempo para repasar la escena mental una y otra vez, sin embargo, un ringtone de WhatsApp que ya tenía muy identificado, me sacó del divague mental: “Llegué antes, ya aterricé en la terminal A”. El corazón se me aceleró a dos mil revoluciones por hora, no sabía si saltar del remis aun en marcha o pedirle que pegue la vuelta, era una mezcla de emociones, pero respiré profundo y con un hilo de voz le dije al Señor: “Ya llegó, está en la terminal A”, como si tratara de un amigo de toda la vida en el cual buscaba complicidad.


Habrá notado mis nervios que me respondió: “tranquila, yo te espero acá cualquier cosa este es mi teléfono, por si algo no sale bien”. Me sonreí y le agradecí el gesto mientras me bajaba del auto.


Mientras caminaba los escasos pasos que separaban el estacionamiento de la Terminal me iba preguntando una y otra vez: ¿qué estoy haciendo a las 2 de la mañana viniendo a buscar a alguien que no conozco? Esa era mi parte racional, la que en un intento desesperado por retornar a la “normalidad” de meses atrás, me rogaba que huyera de ahí y volviéramos a ser ella y yo. Pero no, en lugar de eso, ahí estaba yo, movida por la curiosidad, impulsada por el deseo de algo diferente pero decidida a ser la protagonista de mi historia.


Las puertas automáticas se abrieron. Para no perder la costumbre, yo imaginaba la escena de mi conveniencia: él todavía haciendo los controles de migraciones de manera que yo tendría tiempo de escabullirme entre la cantidad de personas que también esperaban a sus seres queridos y poder verlo cruzar las puertas de arribo. Pero una vez más, la vida tenía otros planes y me recordaba que no controlo todo. Ahí estaba él, buscándome con la mirada, ya había salido. Me tomé unos segundos que parecieron horas solo para mirarlo, no podía creer que estuviera pasando, era real. Me fui acercando con pasos firmes y lo tomé de sorpresa con un “Hola vos, ¿buscás a alguien?”, él se dio vuelta, se rió y sin palabras esta vez, llegó nuestro primer beso.


Finalmente estábamos juntos y esa escena que para cualquier película podría ser el final, en la nuestra, sería solo el comienzo.


Seguí leyendo el capítulo 5 acá.