Capítulo 5

Ya en el remís emprendiendo el camino de vuelta, nadie habló una palabra y menos el señor que manejaba que prefirió estar atento a cualquier imprevisto. Después de la historia que le había contado, las miradas por el espejo retrovisor estaban totalmente justificadas.


Yo estaba nerviosa, tanto que mi recién llegado novio me dijo:


- “Estás nerviosa” y no fue una pregunta, se había dado cuenta.


- “¿Yo?, no nada que ver” le mentí haciéndome la superada.


Tal como todo en nuestra historia, la convivencia no podía ser la excepción y haciendo honor a nuestro leitmotiv de “recuperar el tiempo perdido”, habíamos decidido convivir los tres meses que él estaría en Argentina. Sabíamos que sería una gran prueba para la pareja, pero si queríamos avanzar, había que intentarlo.


Por momentos lamentaba saltearme la etapa donde esperás que alguien te pase a buscar, tenés una previa bastante larga hasta el momento en que aparecés triunfante delante de él con cara de “me puse lo primero que encontré” cuando todas sabemos que te compraste algo para estrenar “ESE” momento.


Convivir fue desde el día uno, todo un desafío. Una cosa era escribir detrás de una pantalla en pijama, comiendo despatarrada en el piso y otra muy diferente era compartir mis bien distribuidos 37 metros cuadrados que ahora se volvían un poco más apretados para mí.

Al principio, empezamos con un pasado que se actualizaba en el presente, algo normal si entendemos que los seres humanos somos seres de costumbres y si bien nos precedían horas y horas de charlas que nos había vuelto cercanos, había que construir nuestra cotidianeidad.


Yo me sentía presa de una especie de encrucijada donde mis creencias y la forma en que venía viendo el mundo, me jugaban en contra a la hora de pasar de un yo a construir un nosotros.


Un poco influenciada por mi historia personal y otro poco por los tiempos que vivimos donde la lucha de las mujeres se convierte en un feminismo extremo, yo me había creído el cuento de la “Superwoman” que puede con todo…sola. Para sostener este personaje que me demandaba una enorme cantidad de energía, había construido una coraza de la que no tuve registro durante muchos años, coraza que tenía colgado un cartel que decía “no estás invitado”. Supongo que inconscientemente, era más fácil caminar sola que consensuar con otro. Me costaba pedir ayuda, apoyarme en otro o mostrarme vulnerable, eran cosas que para mí tenían que ver con mostrar debilidad y desde ahí, hablar de dos le restaba poder a uno. Por estas razones, al comienzo, fue difícil encontrarnos y construir sin que yo sintiera que “mi espacio” estaba amenazado.


Él estaba de vacaciones, yo, haciendo honor a mi título de Superwoman, con el mayor pico de trabajo de toda mi carrera. Me iba a las 8 de la mañana de casa y volvía a las 18 hs y por supuesto, al final del día estaba mi tiempo para ir al gimnasio. Él esperaba paciente, sin hacer la más mínima objeción. Hoy, viéndolo a la distancia, creo que esto fue clave para que yo poco a poco bajara las barreras que había construido para alejar a todo aquel que se interpusiera en mi camino. Siempre le digo que ésa, fue la mayor demostración de amor de su parte y para mí una de las primeras lecciones que tuve que aprender durante la convivencia: pensarme a la par de alguien, como par y no abajo, arriba o al costado.


Las cosas iban en serio, tal es así que a pocos días de llegar me dice: “Mis Padres te invitan a comer, te quieren conocer”. Yo me sentía protagonista de una película a la cual alguien le había dado “adelantar” y las escenas se sucedían en cámara rápida. Pero ya estábamos habituados a nuestro propio ritmo para hacer las cosas así que uno de sus primeros domingos en Argentina conocí a mis suegros, dos personas maravillosas.


Dos meses y medio después, presentaciones de amigos y familia de por medio, logramos construir una cotidianidad juntos. Ya éramos nosotros y yo empezaba a habituarme a la idea de compartir mi vida con él en mi espacio, ahora nuestro espacio. Habíamos logrado algo importante, plasmar lo dicho en horas y horas de chat en hechos concretos.


Muy lentamente, empezaba a asomar el fantasma de la despedida y la incertidumbre de cómo seguir. Él se iba para Londres y yo me quedaba en Buenos Aires.


Durante los últimos días me había cansado de escuchar: “ándate, deja todo y ándate”, “yo que vos me voy”. Era fácil decirlo, pero tomar la decisión de irme de mi país implicaba mucho más que un simple traslado.


Yo tenía una lucha interna entre las que hasta ahí, habían sido mis convicciones de lo que tenía que ser y hacer y el desafío que de alguna forma él venía a traerle a mi vida.


La mente, que en ocasiones puede ser nuestra peor enemiga, me planteaba dos escenarios polarizados: de un lado estaba la profesional independiente que había logrado ser tras muchos años de esfuerzo. Una hija y amiga presente, la que siempre escucha, la que siempre está con el consejo o la palabra de aliento para los demás. Del otro lado, implicaba dejar todo e irme a vivir a otro país, con un idioma que no manejaba bien (inglés) para depender de otra persona. “¿Quién iba a ser allá? ¿Qué iba a hacer? ¿Estaba dispuesta a dejar todo para empezar de cero sin ninguna certeza? Eran algunas de las preguntas que se sucedían una y otra vez, días tras días en mi cabeza. Sin saberlo, esas preguntas serían la semilla de uno de los momentos de quiebre y transformación más grandes en mi vida. Pero todavía no estaba lista y en ese momento me tocó despedirme de él sin poder darle una respuesta.


Volvíamos a Ezeiza, donde pocos meses atrás nos habíamos dado el primer beso. Sentía que todo había pasado muy rápido. Tenía un nudo en la garganta, una angustia inmensa que no me permitía más que llorar abrazada a él. Me quedé hasta que pasó los controles y ya no lo vi más, quería quedarme con la última imagen.


Volví a casa y al entrar me senté en el sillón con la mirada borrosa de tanto llorar. No sé si era por el silencio o el haberme acostumbrado a que él estuviera, pero los escasos 37 metros cuadrados parecieron multiplicarse esta vez y me sentí perdida en mi propia casa.


Muchas veces deseamos que algo pase y cuando la vida nos pone cara a cara con eso, nos damos cuenta de que tan importante como desearlo es aprender a recibirlo y para que eso pase, hay que tener el valor de ir hacia adentro. Yo estaba dispuesta a hacerlo.


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