Capítulo 7

Esa mañana de sábado, salimos a recorrer su barrio, Shoreditch. Era una zona llena de vida, mercaditos de flores, street food, graffitis y edificios antiguos que alguna vez supieron ser fábricas textiles, hoy convertidos en modernas viviendas. Old Spitalfield Market, se convirtió en uno de mis lugares preferidos. Estaba solo a pocas cuadras de su casa y tenía varias propuestas: gastronómicas, decoración, ropa vintage, todo lo necesario para entretenerme un buen rato mientras él estuviera trabajando.


Mientras caminábamos de la mano, sin apuro, lo escuchaba decir: “te voy a llevar a comer acá” “vamos a ir a este parque”, “hay un lugar que seguro te va a encantar”, estaba entusiasmado con mostrarme todo lo que llegó a conocer en los tres meses que habían pasado desde su llegada a Londres. Mientras tomaba nota mental de sus recomendaciones, recordé uno de nuestros primeros chats cuando me dijo: “tengo ganas de mostrarte el mundo”. Él siempre había ido por más en su vida, lo cual le dejó un vasto recorrido y una apertura mental enorme. Lejos de amedrentarme, disfrutaba de escucharlo y ver como un mundo nuevo se desplegaba ante mí. Si bien había viajado, hacía tiempo que mi mundo se limitaba a Buenos Aires, quizás no porque quisiera, sino porque simplemente me fui quedando, haciendo a un lado mi sueños y él sin darse cuenta, me conectaba con la enorme posibilidad de retomarlos.

Llegamos a Liverpool Street Station, una de las principales estaciones de Londres desde la cual parten trenes a varios destinos del Este de Inglaterra. Mientras yo miraba maravillada la cantidad de personas que circulaban, me preguntó: “¿A dónde te gustaría ir?”. La pregunta me tomó desprevenida y no pude más que responder: “No sé, donde quieras”.

Hacía tiempo que mi ilusión de control venía golpeada. Me estaba metiendo en un terreno que me sacaba por completo de mi zona de confort donde tenía todo más o menos “ordenadito”para que no moleste, pero claro, no lo suficiente para ser feliz. Quizás por eso, me había aventurado a todo esto que por momentos, era demasiado para procesar, un desafío constante.

La pregunta había puesto de manifiesto una situación quizás no tan nueva, pero esta vez, visible. Me era más cómodo pararme en la vereda del "Dar” que en la del “Recibir”, aunque lo segundo, solo se tratara de algo tan simple como aceptar que mi novio estuviera dispuesto a llevarme a donde quisiera esa mañana. Finalmente, dejamos la estación rumbo hacia otro lado pero ese momento abrió varios interrogantes. Sabía internamente que era la punta del ovillo de la cual tirar.

El lunes, mientras él arrancaba su semana laboral, yo me encomendaba a una misión: hacer de su departamento un hogar. Era su departamento y sus cosas, pero me entusiasmaba la idea de armar su casa, darle mi toque personal aunque sea acomodando cosas que yo jamás hubiese elegido, porque si hay algo que siempre estuvo claro entre nosotros son las diferencias en lo relativo a la decoración.

Aun a pesar de los mensajes de mis amigos diciéndome: “salí a recorrer, estás en Londres", “¿que haces metida ahí ordenando?”, ahí estaba yo, desembalando cajas y cajas que habían llegado directo de New York a Londres. Quizás el hecho de que a las 4 de la tarde ya era completamente de noche ayudaba un poco, o tal vez en el fondo, familiarizarme con ese lugar y darle mi impronta sería de gran ayuda para tomar una decisión. Pero no quería pensar en eso todavía, tenía claro que iba a tener que afrontarlo en algún momento pero ahora era suficiente con dejar mi cepillo de dientes y hacerle espacio a mi ropa en el placard. No pensaba volverme con todo el equipaje que había llegado y más aún, vislumbrando la posibilidad de volver en diciembre y quedarme todo Enero en Londres.

A mitad de semana, cuando ya no quedaban más cajas por desarmar, finalmente salí a recorrer. Generalmente elegía los recorridos la noche anterior, pero solo para saber cómo llegar, me gustaba dejar una parte al azar para descubrir Londres y perderme entre los locales. El mercado Old Spitalfield Market era mi pasada obligada antes de llegar a la avenida Bishopsgate, donde iniciaba mi recorrido. Prefería los emblemáticos colectivos rojos antes que ir bajo tierra en el subte y siempre que podía, subía al piso superior y me sentaba en el primer asiento, era maravillosa la vista desde ahí. La simple experiencia de pedir un café se transformaba en un desafío divertido con un inglés básico y era parte de la rutina previa antes de subir al colectivo.

En lugar de disfrutar el viaje, muchas veces mientras miraba por la ventana el contraste entre edificios viejos y las enormes construcciones nuevas, trataba de imaginar cómo sería mi vida ahí y ese, era el disparador para perderme todo el viaje o parte de él elucubrando situaciones hipotéticas, pero la bendita ilusión de control que me habitaba no quería dejar nada librado al azar. Lo primero que me venía a la mente es de qué podría trabajar con un inglés básico. El trabajo siempre había sido para mí una fuente de gran independencia económica, la manera mediante la cual había conseguido acceder a experiencias únicas que de otra manera no hubiese podido tener. También se había convertido en una manera de no depender de otro, donde la palabra dependencia tenía una connotación negativa, cargada seguramente de resabios de mi historia familiar.

Cada tanto, salía de la ensoñación y volvía al presente. Hombres y mujeres ensimismados en sus rutinas diarias, hablando por teléfono, almorzando en alguna plaza, no podía evitar sentir un poco de envidia por ellos que se movían como pez en el agua. Yo, en cambio, me sentía de paso, tratando de encontrar la manera de “encajar” mi vida actual, en Londres. Me resultaba tranquilizador replicar lo conocido pero no podía evitar pensar en la brecha enorme que me separaba de esa situación, todo lo que me faltaba para lograr eso, la sensación que tenía era que no me alcanzaría la vida entera para lograrlo. Sin embargo, cuando dejaba la autocompasión de lado y tenía escasos raptos de objetividad, reconocía que algo no me cerraba. Más allá de los cambios evidentes que iba a tener que hacer si decidía mudarme a Londres, imaginarme replicado mi vida actual no me entusiasmaba. Por momentos, suponía que se trataba del miedo al cambio y decía ¿cómo no va a entusiasmarme el convertirme en la mujer- económicamente independiente - que no necesita de nada ni de nadie- pero en Londres?. Era una sensación, pero ahí estaba, tratando de contar su verdad.

Por suerte, cuando mis demonios internos se estaban alineando para arruinarme el día, el cartel luminoso en el interior del colectivo anunciaba que en la próxima parada había llegado a mi destino. Uno de mis favoritos fue el barrio de Covent Garden, la principal área de teatros y entretenimiento de Londres donde alrededor de una amplia plaza peatonal adoquinada podías encontrarte con primeras marcas internacionales pero también un pintoresco Mercado llamado “Apple Market” en el que aún se respira historia a través de su arquitectura. Muy cerca del Mercado, estaba la Royal Opera House, enorme, bellísima y solo a pocas cuadras, London Coliseum, también conocido como Coliseum Theatre, uno de los teatros más grandes de Londres, sede de la Ópera Nacional Inglesa, una de las dos principales compañías de ópera en Londres, junto con The Royal Opera. Nunca había visto ópera o tenido la oportunidad de estar en teatros de tal magnitud, al pasar por la puerta del Coliseum Theatre no pude evitar recordar la escena de la emblemática película “Mujer bonita” donde Julia Roberts de la mano de Richard Gere, va a la ópera por primera vez.

Apartándome un poco de la zona más concurrida, descubrí Neal's Yard, un pequeño y pintoresco callejón escondido, tan escondido que hubiera sido fácil pasarlo por alto. Como ya no quedaba mucha luz ese día, pasé un largo rato tratando de llevarme una foto digna, no quería irme sin una!.

Me gustaba llegar a casa y esperarlo, contarle sobre los lugares que había descubierto, las palabras nuevas que había aprendido, las comidas que había probado. Él me escuchaba atento, a veces dejaba escapar un “te amo tanto” cuando le contaba algún detalle cotidiano que para mí se volvía extraordinario como las flores del mercado, el sabor de un desayuno inglés o la emoción de haber conocido la Royal Opera House aunque solo había sido por fuera.

Llegó el sábado. Era nuestro último fin de semana juntos, si bien regresaba el miércoles, ya estaba invadida por la sensación de que no nos quedaba tiempo, que otra despedida estaba cerca, que me iba con mas preguntas que respuestas, que parecía ayer cuando bajé del avión ansiosa por encontrarlo a la salida del aeropuerto. “Todavía no es miércoles, podemos disfrutar el día de hoy” me decía para intentar aliviar mi tristeza imposible de disimular. Mientras desayunábamos y continuando con la tarea de rescate me dijo “abrí tu mail". Ansiosa como soy antes de hacerlo le pregunté: “¿Para qué?. “Vos abrilo, es una sorpresa” me dijo. Agarré mi celu, abrí mi mail y bajo el título “sorpresa” había dos entradas para ver la ópera The Barber of Seville en The London Coliseum. No pude más que emocionarme y me quedé sin palabras.

Esa tarde, mientras los últimos rayos de luz teñían el cielo de naranja, yo entraba al London Coliseum para ver una ópera por primera vez. Sin dudas él me acercaba a un mundo desconocido hasta ahora para mí y a pesar de lo abrumador que podía resultar a veces, yo era feliz de poder experimentarlo.

De repente las intensidad de las luces disminuyó, empezaron a sonar los primeros acordes y como si fuera un cliché sacado de la mismísima escena de Mujer Bonita, me emocioné. Esa no era una película, era una realidad que superaba cualquier ficción porque era mi realidad y aunque me costara creerlo, estaba sucediéndome a mí.


Seguí leyendo el capítulo 8 acá