Capítulo 8

Buenos Aires en noviembre era mi época preferida. Se respiraba ese olor a verano pero que todavía permitía disfrutar de alguna de las pintorescas terrazas de Palermo, sin morir sofocado. En Recoleta, Palermo, Belgrano y gran parte de la avenida 9 de Julio se podían apreciar las flores violetas del jacarandá, algo realmente digno de ver y fotografiar.


Sin embargo, a pocas horas de haber aterrizado en Buenos Aires, ya me quería volver a Londres. Había sido un viaje difícil, con emociones muy diferentes a las que experimenté a la ida. La vuelta, estuvo teñida de tristeza, miedos y una escala de casi seis horas en Madrid que me dieron tiempo de sobra para pensar. Me invadía la sensación de que nuestros momentos juntos tenían siempre una fecha de caducidad impresa en un pasaje de avión.


Como si fuera poco, mi emoción por sacar el pasaje no calculó en aquel momento que para la vuelta tendría que estar un miércoles a las 7 de la mañana en Gatwick, así que nos despedimos a la madrugada en la puerta del subte y entre lágrimas y abrazos emprendí sola el viaje al Aeropuerto. Al menos esta vez, solo con un carry on.


Los amigos esperaban ansiosos los detalles del reencuentro y los próximos pasos. Esa era la parte linda de volver, ellos hacían todo un poco más fácil. Estaban los más osados que me alentaban a dejar todo e irme, los más conservadores, que entendían mis preocupaciones y aquellos que me hacían reír de mí misma, tan necesarios para salir de la rumiación mental cuando la incertidumbre arremetía contra toda esperanza. Cada una de sus miradas era necesaria y en la suma de cada una de ellas yo encontraba un alivio sanador.


Llegué a casa después de una odisea para salir de Ezeiza. Fue extraño abrir la puerta y sentirme desorientada en el lugar que llevaba viviendo más de diez años. Aún pesar de que las persianas estaban bajas, los primeros rayos de luz de la mañana se reflejaban en la alfombra del living. Sin siquiera sacarme el abrigo que llevaba puesto, dejé el carry on en un costado y me desplomé en el sillón. Estaba triste y en lo único que podía pensar era en todo lo que había vivido esos diez días: los lugares, los sabores, las experiencias. Era una realidad completamente nueva y diferente a lo que estaba acostumbrada hace años. Una realidad que a la vez que reconocía, podía ser el cambio que había deseado durante tanto tiempo, también confrontaba todas mis certezas y ponía en tela de juicio mis creencias. La sentía como una especie de “muestra gratis” de esa crema carísima que sabes que no vas a comprarte jamás y que mientras vas usando, te das cuenta claramente por qué sale lo que sale. Rogás que nos se termine aunque sabes que eso va a pasar y vas a volver a tu crema habitual. Una sensación similar se me cruzaba mientras dormitaba en el sillón antes de arrancar el día: “Si, Londres es hermoso, pero no es tu realidad, no encajas ahí” me repetía una y otra vez una vocecita conservadora que intentaba asegurar el statu quo de lo que hasta el momento yo llamaba "mi” realidad. Estaba tan cansada que ni ganas de confrontar esa voz así que simplemente salí del estado de ensoñación, me bañé y me puse en modo "superwoman”de nuevo para salir al mundo.


Además de mi trabajo como Coach Ejecutivo, distribuía mis horas en proyectos de Change Management de la mano de una consultora especializada en cambio organizacional. Era curioso, a la vez que mi vida personal tomaba relevancia por sobre mi trabajo, dejaba de ser la "consultora estrella”, mote que me había ganado por parte de los socios en reconocimiento a mi trabajo. Un mote que muchas veces, incluyó una disponibilidad 24/7 o trabajar los fines de semana. En el fondo me costaba resignar ese lugar y todavía me esforzaba por recuperarlo para demostrar que seguía siendo la misma, pero ¿seguía siendo la misma realmente?.


Por aquel entonces, en mi ideal a alcanzar, aparecía una mujer profesional, independiente, que se paseaba de reunión en reunión vestida con trajecito de pollera y saco entallado. Una mujer que imaginaba la mayoría de las veces sola, donde el hombre era casi un accesorio que no debía molestar ni coartar su libertad de acción. Era una fantasía que tenía vida, imágenes y diálogos propios sostenidos durante mucho tiempo. Un relato que guiaba muchas de mis acciones y le daba un marco a lo que hacía. Yo sentía que tenía que alcanzar esa imagen, convertirme en esa mujer y ponía todo mi esfuerzo en eso.


A lo largo de los años, había logrado conquistar ciertos aspectos de ese relato transformado en Deber ser”: había estudiado una carrera, tenía un buen trabajo, independencia económica, ningún hombre coartaba mi libertad, pero aun así no me sentía completa, no sentía ni el más mínimo entusiasmo. Convivía con la sensación de que la vida no podía ser solo eso que yo experimentaba como obligaciones o mandatos. Quería un cambio, que algo pasara en mi vida y me “rescatara” de mi propia historia en la que muchas veces no encontraba un lugar. Pero realmente... ¿era mi propia historia o estaba construida con palabras y argumentos que había tomado prestado de otros? . Era difícil saberlo cuando para mí era incuestionable, funcionaba como la mayoría de las creencias, de manera automática e imperceptible. Lo seguía sosteniendo como una zanahoria hacia la cual caminaba ciegamente, muchas veces sin escuchar esas “alertas emocionales” que te dice: ¡ey no es por acá!.


Fue en ese contexto emocional, tan frágil como un castillo de cartas, que él y yo nos habíamos conocido. Había irrumpido en mi vida y vaya si había hecho ruido. Por alguna razón, aún a pesar de las amenazas internas que representaba para mi frágil orden, había logrado quedarse. En un pasado no tan lejano y de forma inconsciente, me las ingeniaba para “expulsar” de mi vida a cualquier relación que representara un cambio en mi libreto a seguir. Me había contado tantas veces el cuento de que era feliz sola con mi libertad que buscaba situaciones que corroboren eso, ya sea eligiendo siempre el mismo tipo de relaciones o buscando excusas para terminarlas.


A poco más de dos semanas de volver a mi rutina, buscaba cualquier cosa para no perder el entusiasmo del viaje y seguir “en sintonía” con esa otra realidad que acababa de conocer. Es verdad que todavía había muchas preguntas sin respuestas, pero yo quería poner mi granito de arena, no quería quedarme con la duda de "que hubiera pasado si”. No tenía nada que perder, o quizás sí, quizás la decisión que estaba a punto de tomar implicaba subir al barco y adentrarse en aguas profundas perdiendo de vista la costa de lo conocido. Sentada en el escritorio de casa, después de quedarme en suspenso varios minutos mirando la computadora, tomé aire y le di aceptar a mi compra. La pantalla anunció inmediatamente: ¡Felicitaciones! su pasaje a Londres ha sido emitido de forma satisfactoria con fecha de ida 19 de Diciembre y fecha de regreso 30 de Enero. Y así sin más, empezaba una nueva cuenta regresiva. Sabía que era una apuesta fuerte, pero ¿qué era esto sino lo que tanto tiempo había estado buscando?.


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