Capítulo 9

Todavía tenía el corazón acelerado de solo pensar en la locura que acababa de hacer. Habían pasado solo tres semanas desde que nos despedimos en Londres y una nueva cuenta regresiva estaba en marcha. Esta vez, la apuesta era más grande. Implicaba poner en pausa mi vida en Buenos Aires durante un mes y medio con la ilusión de que ese tiempo en Londres, fuera suficiente para tomar una decisión. En mi cabeza, como si sólo se tratara de una serie de pasos lógicos, me repetía: “Durante el mes y medio que esté en Londres voy a mejorar el inglés. Puedo ir viendo trabajos o buscar un postgrado para empezar en Marzo que me permita tener una VISA de estudiante y residir legalmente al menos dos años, tiempo suficiente para que los trámites de la ciudadanía Italiana terminen y tener finalmente mi nacionalidad Europea.” Tener un plan me evitaba lidiar con la incertidumbre que comportaba tal cambio. De paso, mi parte más controladora, descansaba en paz. Estaba decidida a "desembarcar”en Londres, pero no estaba dispuesta a resignar nada, quizás, por temor a lo que pudiera pasar si me apartaba de lo conocido hasta ahora.


Desde nuestras primeras conversaciones hablábamos de vivir en Londres con total naturalidad. Aun a pesar de que yo sonaba muy convencida, él me había dejado claro que era una decisión que tenía que tomar a mi tiempo y a conciencia y que si finalmente no podía hacerlo, encontraríamos otra manera de estar juntos. Lo decía con total seguridad, como si supiera que mi euforia inicial por mudarme, daría paso a una caída estrepitosa.


Durante el último viaje, había logrado una visión más realista de lo que implicaba un cambio de tal magnitud. Había cuestiones básicas a tener en cuenta como el idioma y encontrar la forma de residir legalmente, ya sea a través de una visa de trabajo, estudio o nacionalidad de la comunidad Europea. Sumado a esas cuestiones básicas, venían por añadidura mis miedos y la presión interna por lograr el “éxito” en los términos que yo conocía hasta el momento. Ahora entendía un poco más cuando él hablaba de meditar bien la decisión y respetar mis tiempos. Después de ese viaje, la certeza ciega de las primeras charlas de whatsapp, donde imaginamos una vida juntos en Londres, había dado paso a una consideración un poco más cautelosa. Sin embargo, tener una relación a distancia y compartir nuestra cotidianidad a través de whatsapp no era fácil, quizás por eso o porque deseaba terminar con la incertidumbre, me había aventurado a sacar otro pasaje a Londres para diciembre. Era consciente que sostener una frecuencia de viajes de tal magnitud era imposible para mí. Todavía no sabía cómo iba a hacer con el trabajo, que pasaría cuando volviera y si durante ese tiempo iba a poder tomar una decisión, pero, por alguna razón, sentía que era lo correcto. Respiré hondo y agarré el celular para contarle. Si bien su felicidad fue evidente, también su fastidio. Estaba acostumbrado a obtener un “no” como respuesta cada vez que me ofrecía ayuda con los pasajes, pero en el fondo, conservaba la ilusión de que en algún momento cediera y finalmente me dejara ayudar. Era un tema polémico sobre el cual escuchaba todo tipo de opiniones: “es lo que corresponde, te tiene que pagar los pasajes”, “aprovechá” “vos sos la que viajas siempre, es algo lógico”, “me parece bien que compartan los gastos”. Sin embargo, para mí, era una cuestión de creencias muy arraigadas donde el recibir ayuda me dejaba en una situación vulnerable, de desigualdad o inferioridad frente al otro, entonces era mejor "poder con todo”, aunque el precio, en este caso nunca más literal, sea altísimo. El costo emocional también estaba presente. Cada vez que yo misma me imposibilitaba recibir ayuda y me presionaba a poder con todo, me invadía el enojo y muchas veces, el destinatario final de ese enojo era ese otro que, según mi razonamiento inconsciente, había “osado” colocarme en un nivel de inferioridad, ofreciéndome su ayuda. Él tenía una paciencia infinita para comprender que detrás de ese “yo puedo con todo” que demostraba permanentemente, había una herida que intentaba ocultar o resolver de la mejor manera posible. A medida que nuestra relación avanzaba, yo era consciente de que íbamos a necesitar mucho más que su paciencia y comprensión para crecer juntos.


Corté el teléfono y me desplomé en el sillón como si la adrenalina me hubiese abandonado de golpe y el cansancio hubiera tomado su lugar, obligándome a bajar las revoluciones.


Tenía un mes y medio por delante antes de encontrarme camino a Ezeiza nuevamente. Al día siguiente de "la gran compra”, lo primero que hice fue comunicar mis planes a la consultora. Hacía tiempo que mi relación con ellos no era la misma. Había pasado de ser la consultora estrella a la cual le pagaban clases de inglés, a quedar asignada a un proyecto del sector público sin muchos desafíos. Por momentos lo sentía injusto y me costaba aceptarlo. Otras veces, sentía que estaba fallando a los estándares de éxito con los cuáles me había medido durante mucho tiempo. Sentía culpa por no tener las mismas ganas que antes de dejar hasta la última gota de sudor en el trabajo y estar disponible 24x7, aunque también, cuando la autoexigencia me lo permitía, podía ser compasiva conmigo, entender que algo estaba cambiando y escuchar esas alertas emocionales que me decían "no es por ahí”.


Durante gran parte de mi vida, la idea que yo tenía de ser una mujer "con todas las letras” y tener éxito había estado ligada al trabajo. A medida que fui creciendo, me había acostumbrado a tener sentimientos encontrados: por un lado sentir que era la manera de llegar a “ser alguien”, y por el otro, la desilusión de no sentirme realizada aun a pesar de poner todo mi esfuerzo. La inercia de la rutina y el miedo a apartarme de ciertos mandatos me habían hecho permanecer en una lenta agonía que encajaba perfecto dentro de la frase “mal pero acostumbrada”. Con su llegada a mi vida, muchas cosas estaban cambiando, una parte de la enorme cantidad de energía que destinaba al área profesional ahora era absorbida por nuestra relación, que de otra forma, no era posible prosperara a tantos kilómetros de distancia. El enfocarme en algo más allá de mi trabajo me estaba permitiendo romper con un automatismo que me enceguecía y habilitarme algunas preguntas, sin embargo, el trabajo seguía siendo para mí una fuente no solo de reconocimiento y valía por excelencia, sino de independencia, con lo cual, la sola idea de dejar mi trabajo para irme a Londres me aterraba: ¿Quién iba a ser si no estaba trabajando? ¿iba a pasarme todo el día en casa? ¿iba a depender de otra persona y perder mi libertad? eran algunas de las preguntas que daban vueltas en mi cabeza, inspiradas en mi historia personal, los mandatos sociales y voces ajenas que habían configurado creencias sobre lo que significa ser dependiente - independiente, una mujer adulta, capaz y valiosa.


Entrar en modo "cuenta regresiva” era el mejor estado de todos. La mayoría de nuestros mensajes incluían un "falta menos” o “te veo en x cantidad de días”. Todo tenía otro sentido porque ahí adelante, había un vuelo que nos volvía a conectar, pero además, era un vuelo que me conectaba con otro mundo, otras culturas. Un vuelo que expandía los límites de mi propio mundo interno convirtiéndolo en un territorio fértil para soñar tan grande como vivir en Londres.


Para mí, que nací en una ciudad chiquita al sur de la provincia de Buenos Aires, mudarme a Capital Federal había sido todo en la vida. A veces me costaba creer que iba a ser la segunda vez que me subía a un avión rumbo a Londres. La primera vez que viajé a Europa fue todo un acontecimiento. Mis padres viajaron desde Tres Arroyos hasta Buenos Aires para despedirse y acompañarme al aeropuerto. Nunca habían viajado al exterior y mucho menos subido a un avión. Era una realidad lejana para ellos y no podía evitar sentir un poco de culpa por ser yo la que estaba subiéndose a un avión y no llevarlos conmigo. Sentía una obligación por "traerlos” a mi realidad para sentirme finalmente merecedora de tal oportunidad. Recuerdo que segundos antes de desaparecer tras los controles estallé en llanto y corrí para darles un último abrazo. Mamá, como si pudiera leer el motivo detrás del llanto, me dijo: “disfrutalo hija, te lo mereces” y esa frase funcionó para mí como un "permiso para disfrutar”. Podía reconocer que había hecho mucho esfuerzo para hacer ese viaje, sin embargo, estaba tan acostumbrada a hablar de valor y merecimiento en tanto estuviera disponible para los demás y pudiera hacerlos sentir bien, que permitirme momentos de felicidad solo para mí era difícil. La mayoría de las veces comportaban un sentimiento de culpa muy grande. Pero acá estaba yo, preparando un segundo viaje a Londres, transitando un camino hacia un mundo totalmente desconocido para mí. Con más miedos que certezas pero con la ilusión de que la distancia entre nosotros tenía los días contados.


Una vez más estaba camino al Aeropuerto de Ezeiza, el lugar que atesoraba nuestro primer encuentro y nuestro primer beso. Atrás quedaba, al menos por un tiempo, mi vida en Buenos Aires. Por delante, un vuelo de doce horas con escala en Roma, me llevaría de vuelta a Londres. Sabía que este era un viaje diferente, no solo porque iba a pasar un mes y medio con él o compartir nuestras primeras fiestas juntos, sino porque era un viaje cargado de expectativas en el cual había depositado mucho más que aprender inglés. Este era un viaje del cual esperaba traerme una decisión que podía cambiar mi vida.